HABÍA UNA VEZ...
Una pequeña princesa muy muy dulce, si, muy muy dulce.
Y muy muy inquieta y juguetona.
Lucía en su cabellera una preciosa coronita real que usaba desde que había aprendido a caminar.
Vivía en un castillo con inmensos terrenos ajardinados.
Todas las tardes la pequeña princesa correteaba por aquellos jardines o paseaba en una graciosa bicicleta, disfrutaba de su hamaca favorita que colgaba de un frondoso roble, incluso trepaba a él detrás de las ardillas.